
Alejo López
Máster en Terapia Sexual, de Parejas y otros vínculos sexuales con perspectiva de género
El desarrollo de un movimiento espiritual en torno a la adoración de la diosa generó espacios religiosos de los que las mujeres pudieron adueñarse. Aunque el feminismo muchas veces intentó permanecer laico, este giro ha permitido que muchas de ellas se identificaran con un poder interno que emanaba de un principio divino trascendental. Al mismo tiempo, la propuesta de una religión de la diosa se apoya sobre una percepción binaria de la realidad, trasladada, ahora, al campo de lo divino. Mi pregunta entonces es: ¿puede la adoración de la diosa, a la vez que habilitó a las mujeres a reivindicar su lugar en espacios espirituales, haber fomentado también la percepción binaria y esencialista de los roles de género?
Un poco de historia
En la década de 1960, la segunda ola del feminismo comenzó a expresar su disgusto con la falta de representación de lo femenino en la religión (Ruether, 2006). En este contexto, las feministas buscaron cuestionar y ampliar el concepto de lo divino, incorporando la idea de una espiritualidad intrínsecamente femenina a través del neopaganismo. Por ejemplo, Zsuzsanna Budapest, médium y bruja, fundó en el solsticio de invierno de 1971 el Aquelarre de Susan B. Anthony # 1, primer aquelarre en el que sólo eran admitidas mujeres. Sarhawlk, artista plástica y bruja, que publicó en 1979 The Spiral Dance: A Rebirth of the Ancient Religion of the Great Goddess (publicada en español bajo el título La Danza Espiral. Un amor infinito), proponiendo una religión feminista centrada en la diosa, entendida como la divinidad femenina inmanente en la naturaleza, en el cuerpo y en los ciclos de la vida.
el feminismo acusaba a la religión de ser
otro factor de dominación sobre el deseo de las mujeres
Esta propuesta fue controversial ya que el feminismo acusaba a la religión de ser otro factor de dominación sobre el deseo de las mujeres. En su libro Le Deuxième Sexe, Simone de Beauvoir sugirió que el misticismo y la religión funcionaban como uno de los tres mecanismos de justificación interna a los que las mujeres recurren cuando internalizan su opresión. Para de Beauvoir, la mujer mística sustituye el desarrollo de su propia subjetividad poniendo a dios en el lugar del yo menguado, de manera similar a como la mujer enamorada pone al amado. En ambos casos, se renuncia a la trascendencia propia (DE BEAUVOIR 1949: 713).
En su libro, La Creación del Patriarcado, Gerda Lerner cuenta el histórico devenir y desarrollo de la religión y la espiritualidad como un paso más en la construcción del patriarcado (LERNER 1986). Lerner busca probar que el patriarcado fue fabricado y que, por lo tanto, podríamos dar a luz otras formas de sociedad. Durante siglos, las mujeres ostentaron poder religioso y metafísico como sacerdotisas y profetisas, y eran adoradas por hombres y mujeres por igual. Pero gradualmente, con el fortalecimiento de tribus y sociedades imperialistas, el dios masculino desplazó a las diosas de la fertilidad. La función procreativa se transfirió simbólicamente al dios masculino. Con el monoteísmo hebreo, la función procreativa fue transferida simbólicamente al dios masculino. Ya no necesitó una contraparte femenina. La mujer apareció entonces como incompleta, defectuosa y sometida por diseño divino.
Recordando a la diosa
La religión de la diosa parece proponer que las mujeres puedan recordar, reconocer y adorar a una entidad divina primordial y esencialmente femenina. Aunque el feminismo muchas veces planteó que lo religioso operaría en contra de la liberación de la mujer, se propone aquí un movimiento contrario: apoderarse del campo espiritual, usurparlo de la monolítica dominación masculina y hacer de este gesto tanto un camino liberador como una denuncia política. Téa Nicolae, académica estudiosa de la adoración a la diosa, afirma que las imágenes de divinidades femeninas pueden ofrecer a las mujeres la oportunidad de encontrar sentido, empoderamiento y sanación sexual o psicológica (Nicolae 2023: 140).
El patriarcado […] ha despojado de sus ropas a la gran diosa,
la ha maltratado, ignorado, vitoreado y enviado al olvido
Parte de este proceso fue, por ejemplo, la apropiación de la palabra bruja (Nicolae 2023: 131). De la misma forma que la comunidad LGTBQ+, se apropió del término queer, originalmente usado como insulto, pero resignificado como emblema de orgullo (LIVIA y HALL 1997), el concepto de bruja fue apropiado y tomado como símbolo del poder femenino. Es un giro político que reivindica el rechazo a autoridades espirituales masculinas.
Una creencia importante en el culto de diosa es la percepción de la naturaleza como sagrada y femenina, como la Gran Diosa Madre. Así, se deduce una conexión innegable entre mujer y naturaleza, ambas víctimas del polo masculino que temía su poder. El resurgimiento del “femenino oscuro” habla de un fuerza que aterroriza a lo masculino quien intenta frenarla. Este femenino entonces se enfurece y actúa desde el resentimiento.
En psicología junguiana, Erich Neumann propuso que originalmente las sociedades eran matriarcales (NEUMANN 1949). Luego vino el patriarcado para rebalancear. Neumann toma la idea de la enandrotimia, un concepto junguiano que propone que la psique busca su contrario para recuperar el equilibrio. Un feminismo espiritual debiera refutar esta visión de Neumann. El patriarcado no vino a balancear un exceso de matricidad sino que ha despojado de sus ropas a la gran diosa, la ha maltratado, ignorado, vitoreado y enviado al olvido. La religión de la diosa, como todo feminismo, no habla de imponer una divinidad femenina sobre la masculina sino de que se le dé espacio a la diosa, que se le devuelta el trono que se merece. Y así que las mujeres puedan identificarse en ella y encontrar dentro de sí el poder de su feminidad.
La divina madre tierra
Y aquí surge mi reflexión. Temeroso de hacerla, la planteo: al estar relacionando la naturaleza con lo intrínsecamente femenino, ¿no se está sosteniendo una vez más un sistema binario?
Pilar Aguilar sugirió que el patriarcado construye una estructura rígida bipolar. Dice que “se nos [lo] predica masivamente por tierra, mar y aire” (AGUILAR 2017). En el Manual de Sexpol, se menciona que su carácter esencialista requiere un modelo heterosexual con hombres y mujeres con límites marcados, claros y definidos. Y esta esencialidad parece surgir también aquí si la tierra en su poder divino generador es asumida como femenina. En lo alto queda el padre, lo racional, la mente, el logos, y, en lo bajo, la tierra, la madre, lo instintivo, lo emocional, lo físico. Cuando el feminismo se apropia de espacios espirituales y reclama el recordar a la diosa, la manifiesta en el mundo de “lo natural” y en el poder de la tierra fértil. Pero al hacer eso, temo que está repitiendo un patrón patriarcal. Porque es una visión patriarcal la que ha separado el cielo de la tierra. La religión de la diosa intenta re-equilibrar y quitarle el valor agregado que se le ha dado al cielo para honrar una vez más la tierra. Pero en el intento de balanceo parece reforzarse una distancia de género.
El planteo parte de una suposición que me parece extraña. Lo femenino parece estar naturalmente relacionado con la naturaleza y sus ciclos. La menstruación aparece como manifestación evidente de esa conexión (aunque no todas las mujeres menstrúan). El período se correlaciona con el ciclo lunar. La religión de la diosa busca romper con las imposiciones del patriarcado, pero se aferra a la idea de que lo femenino es naturalmente cíclico y, por lo tanto, lunar. Ve estos ciclos (la menstruación, la luna) en la naturaleza, intrínsecamente femenina y directamente vinculada a la gran diosa. Pero muchos calendarios prefirieron contar el tiempo a partir del movimiento lunar justamente por su estabilidad. La idea de que el movimiento del Sol es estable no es del todo coherente, ya que nace y se pone cada día en un lugar del horizonte distinto y la duración de los días se extiende y se reduce a lo largo del año. En la espiritualidad celta, por ejemplo, es el sol, quien mengua, muere y renace y está relacionado con lo femenino (ARRINGTON 2012).
La presión que se ejerce sobre los cuerpos menstruantes de que se cuiden de no molestar a los hombres durante la fase de sangrado o, en general, de que se depilen, se maquillen, etcétera parece ejemplificar la fuerza civilizatoria que tiene el polo masculino sobre la femineidad. El hombre es visto como lo civilizado y racional, el contenedor estable de la ciclidad femenina. Sin embargo, esta percepción a menudo cambia. El hombre también es rudo y violento por “naturaleza”, de imposible contención: el cuerpo viril, musculado, velloso, y violentamente impulsivo. Pensemos por ejemplo en un estadio de fútbol o en la figura de los hooligans, o en cuando un hombre argumenta que no puede contener su impulso sexual porque sería ir contra natura. Por otro lado, un cuerpo femenino, bajo los estándares patriarcales actuales, es un cuerpo que se cuida en las comidas, se depila y se maquilla, hábitos que reniegan de lo “natural”. Los hombres se quejan de que una mujer no es “femenina” cuando no evita procesos que son naturales como el crecimiento del vello o el paso del tiempo y la edad. La conexión de lo femenino con lo natural aquí desaparece.
Y esta es, quizás, la controversia que me gustaría plantear. Es una absurda e ilusoria diferenciación de género sostener que la naturaleza es esencialmente masculina o femenina. Porque esta mirada sobre lo “natural” varía según sea el contexto, y según qué se quiera demostrar. Cuando hablamos de impulsos sexuales o violentos, los hombres tienen más facilitados esos comportamientos por considerarlos natural, mientras que las mujeres para ser femeninas deben contener la expresión de ira o disgusto, maquillarse y depilarse. Al mismo tiempo, la mujer es vista como más cercana al mundo de lo natural porque menstrúa (aunque no todas las mujeres menstrúan) o porque está en contacto con sus emociones. Y eso la hace femenina.
La religión de la diosa busca romper con las imposiciones del patriarcado
Como yo lo veo, la naturaleza no puede definirse como femenina o masculina sino transgénero: sostiene su equilibrio en la dinámica de lo bipolar. Tiene aspectos tiernos y agresivos, suaves y violentos. Y en tanto que todos, todas y todes tenemos naturalmente un cuerpo, todos, todas y todes tenemos acceso a ambos polos de la experiencia. Lo mismo podríamos decir de los procesos civilizatorios, normalmente vistos como el resultado de la razón y la conquista, y, por lo tanto, de calidad masculina, pero también necesitan incluir lo femenino. Por ejemplo, en la repartición de roles tradicionales de género se asocian las tareas domésticas y de crianza a las mujeres. ¿Qué hay de “natural” en planchar camisas?
Otra contradicción aparece en la propia imagen de la madre naturaleza. Por un lado, se sostiene que lo femenino es, por esencia, receptivo. Mientras que lo masculino es arrasador, activo, conquistador. Sin embargo, cuando se habla de la madre naturaleza se hace referencia no sólo a su capacidad de sostenernos, sino también a sus habilidades generativas, de producción. La madre naturaleza es generosa y rica, nos ofrece frutos, legumbres y distintos alimentos para apoyar la vida. La imagen nutricia parece corresponderse con el amamantamiento de una madre a un hijo. Pero incluso en ese abrazo en que la madre da la teta, esta no permanece pasiva sino que está activamente dando de comer, como hace la madre tierra, la gran diosa, al empujar de debajo de la tierra con fuerza una espiga de trigo para que crezca alta, brillante y dorada.
Divinidad queer
El desarrollo de entidades divinas femeninas ha reivindicado el poder de la mujer y ha dado a las mujeres el espacio para que recuperasen su lugar en el campo de lo religioso/espiritual. Y este giro es para mí motivo de celebración. Sin embargo, me pregunto si seguir relacionando un femenino sagrado con la naturaleza, lo sensible y lo receptivo puede fomentar la diferencia de roles de género. Y no sólo fomentarla sino incluso justificarla espiritualmente, como si fuera un principio inquebrantable sobre el que se sustenta la realidad más inmediata.
La propuesta de la religión de la diosa corre el riesgo de sugerir que una sexualidad femenina sería más sagrada si se hiciera consciente de su capacidad receptiva. Porque la diosa, en el mundo de lo divino, o bien recibe al dios o lo engendra. De esta forma se siguen propagando roles de género. Nietzsche dijo: “sólo creería en un dios que supiera bailar”. Yo sólo creería en una divinidad queer.
Referencias
- Aguilar, Pilar. «¿Dulcificar el patriarcado llamándolo ‘heteropatriarcado’?» Tribuna Feminista. Recuperado el 20 de marzo de 2026 (https://tribunafeminista.org/2017/06/dulcificar-el-patriarcado-llamandolo-heteropatriarcado/).
- Arrington, Hayley J. «Celtic Solar Goddesses: From Goddess of the Sun to Queen of Heaven.» Tesis de Maestría en Artes, Institute of Transpersonal Psychology, Palo Alto, California.
- Budapest, Zsuzsanna. s.f. «Biography.» ZBudapest.com. Recuperado el 20 de marzo de 2026 (https://zbudapest.com/index.php/bio).
- de Beauvoir, Simone. The Second Sex. Traducido por Constance Borde y Sheila Malovany-Chevallier. New York: Random House.
- Lerner, Gerda. The Creation of Patriarchy. New York: Oxford University Press.
- Livia, Anna y Kira Hall. Queerly Phrased: Language, Gender, and Sexuality. New York: Oxford University Press. DOI:10.13140/2.1.4286.8801.
- Neumann, Erich. Los orígenes e historia de la conciencia. Traducciones Junguianas. Nietzsche, Friedrich.
- Así habló Zaratustra. Traducido por Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial.
- Nicolae, Téa. «The Western Revival of Goddess Worship.» Feminist Theology 31(2):130–142.
- Ruether, Rosemary Radford. Goddesses and the Divine Feminine: A Western Religious History. Berkeley, CA: University of California Press.
- Starhawk. s.f. «Biography.» Starhawk.org. Recuperado el 20 de marzo de 2026 (https://starhawk.org/about/biography/).



