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Indispensable para estudiar Sexología

Sexología; qué, quién, cómo, dónde…


Definir la sexología puede ser de lo más fácil o complicado como encontrar los confines del cosmos. Si vamos a la palabra como tal la definimos como la ciencia que estudia el sexo. Claro, lo complicado sería explicar qué significa exactamente eso; el sexo. Porque desde la teoría más básica, sexo alude a una dimensión biológica, una parte concreta de la sexuación humana, una categoría muy limitada. Aunque ciertos enfoques reducen toda la disciplina a esa palabra, dotándola de un significado mucho más completo, mayoritariamente (sobre todo a nivel común y general) es una de esas que se utilizar sin pensar, casi sin saber qué significa, como sinónimo de muchas otras cosas que poco o nada se tienen en cuenta.

Desde SEXPOL preferimos definir la Sexología como la ciencia que estudia la Sexualidad, aunque formalmente tampoco sería correcto, pues Sexualidad alude a la dimensión psicológica, tal como sexo alude a la dimensión biológica. Pero qué duda cabe que esta palabra ha ganado en popularidad, complejidad y contenido como pocas en las últimas décadas. La OMS habla de Sexualidad y la define incluyendo sexo, roles, experiencias, prácticas, emociones y una buena lista de más cosas. Así, nos parece más completa y menos errónea esta línea.

Ahora, ¿la Sexología se encarga de estudiar toda la Sexualidad? ¿Todas sus dimensiones, enfoques, elementos…? NO. Imposible. Igual que la Psicología estudia creencias, pero es la Sociología o la Antropología la que estudia el origen de estas, su influencia histórica, su creación, fomento o desaparición. Todas las ciencias deben apoyarse en los conocimientos de otras; ninguna es absoluta. Este es el primer error cuando se habla de la Sexología como ciencia; pensar que debe trabajar, entender y estudiar todo lo que esté relacionado con ella.

Conviene resaltar aquí que la historia de la Sexología ha fomentado bastante este error, pues no es una disciplina que surja de la nada. Desde el minuto cero de la historia de la humanidad se ha hablado de la sexualidad de una u otra forma; la Venus de Hohle Fels (antigüedad estimada de entre 35.000 y 40.000 años), pinturas y relieves egipcios (hace cinco mil años), los estudios de Leonardo da Vinci sobre anatomía y coito pene-vagina, hasta la Zeitschrift für Sexualwissenschaft, la primera Revista de Ciencia Sexual fundada en Alemania en 1908 por el médico Magnus Hirschfeld, quien fue también el primero en acuñar «sexología». Sobre este pequeño detalle, Alfred Kinsey, uno de los pioneros en los EUA con su Society for the Scientific Study of Sex (SSSS) en 1958, cambió su nombre en 1978 a Society for the Scientific Study of Sexuality dejando clara la amplitud en la definición tal y como la OMS estipuló en 1975.

La mayor parte de esta historia, de este origen, está limitada a la función reproductiva, su práctica o sus dificultades, partiendo de la realidad y de la mínima capacidad teórica de cada época. No es hasta mediados del siglo XX cuando comienza a ampliarse la visión a los aspectos relacionados con el placer, las relaciones, los roles y mil cosas más, como el feminismo o la propia terapia. Es habitual que en estos recorridos históricos se obvien personajes como Margaret Mead, Clellan S. Ford o Frank A. Beach, ya que la antropología, pese a su radical importancia en la Sexología, queda enterrada entre la Psicología y la Medicina.

La Fundación SEXPOL (y su madre, la Sociedad Sexológica de Madrid) son parte de esta historia desde 1982 con sus primeras formaciones de profesionales en la disciplina, así como otras entidades de la época repartidas por toda la nación, la mayoría hoy desaparecidas. Estas primeras entidades dedicadas a la Sexología sufrieron y vivieron grandes batallas contra las herencias que la dictadura y su modelo casto/represivo nacional-católico impuso durante tantos años. Aún con eso y frente a una sociedad necesitada, algunas consiguieron sobrevivir en un mercado que se ha vuelto visiblemente capitalista y pseudo-profesional.

Nosotras, por ejemplo, aquellas primeras ediciones tan reducidas en alumnado aún constaban de dos años de formación. Posteriormente se ampliaron a tres años, organizando un primer curso de sexualidad básica y general, otro centrado en la consulta y las dificultades y uno final de prácticas terapéuticas; de esta forma, todo nuestro alumnado accedía a una formación exhaustiva, completa e integral incluyendo contenidos de muy diversa índole. Desde entonces ha llovido. Ha llovido tanto que los másteres en sexología han brotado como champiñones.

El primer escalón en este camino fue la entrada de empresas dedicadas a la formación; esas que tienen cursos de astronomía, atención a la vejez, cocina coreana y cuidado de plantas de interior en la misma página. Este tipo de empresas hacía ya tiempo que invadieron el mercado aprovechando la formación online, la creciente titulitis y algunos temas que comenzaban a despuntar, como los relacionados con el género y las violencias. Supieron ver el potencial de la Sexología y le dedicaron una parte de sus presupuestos. Pero en aquellos momentos aún era una inversión arriesgada, hasta que la academia entró a plató.

Las Universidades, algunas animadas por entidades sexológicas, como SEXPOL, comenzaron a abrir sus puertas al ver las posibilidades. Hoy, un buen número de ellas mantienen programas en esta línea, apoyando en mayor o menor medida a la propia disciplina y, en la mayoría de los casos, alimentando esa titulitis, esa necesidad en una parte de la población de incluir en su currículo un par de líneas actualizadas con la esperanza de alejarse del paro.

Así, en la actualidad encontramos una vasta oferta formativa en Sexología, aunque un altísimo porcentaje de muy baja calidad. Másteres sin prácticas, incluso sin docentes, por menos dinero de lo que te costaría el portátil con el que aprobarlas. Algunos con un plantel docente envidiable, pero sin el menor sentido profesional en sus contenidos. Un buen número que en realidad son formaciones de Psicología o Medicina que tocan temas de sexualidad. Algunos ideados y dirigidos por streamers (tener o practicar una sexualidad no es suficiente para ser sexóloga) con millones de seguidoras que tan sólo buscan aprovechar ese nicho.

Si eliminamos todas las formaciones que en realidad distan mucho de pertenecer al propio ámbito sexológico, aún nos quedarían muchas que confunden la disciplina o que simplemente la anexan a la Psicología o la Medicina, lo que no es menos grave. Tal como dejaba entrever hace unas líneas, la Sexología tiene su origen en estas disciplinas, pero igualmente cierto es que, a estas alturas, posee un cuerpo propio de conocimientos, unos marcos teóricos, una metodología y una forma particular de comprender la sexualidad humana. La Psicología se debe encargar de lo suyo, al igual que la Medicina y la Sexología; el Modelo Biopsicosocial es básicamente eso, entender al ser humano como interrelación de esas tres dimensiones -psicológica, biológica y social- manteniendo todas ellas en sus límites.

La Sexología no debería -creemos desde SEXPOL – estudiar la influencia de la vasopresina con la oxitocina, aunque sí conocer su influencia en la excitación o el deseo. No debería estudiar los errores cognitivos heredados de las familias de origen, aunque sí conocer su influencia en las relaciones no monógamas. Sí debería estudiar la excitación o el deseo en las relaciones no monógamas, explicando su relación a la Psicología y a la Medicina. Es decir, la Sexología no debe comer terreno a las otras disciplinas, pero tampoco debe dejarse comer: es bien conocido, desde dentro, cómo la patologización invade las sexualidades con una mirada inquisitiva y reparativa, como si existiese una sexualidad sana y otras enfermas cuando, curiosamente, esa sanidad corresponde a modelos heterosexuales que practican el coito vaginal.

La Sexología necesita un marco muchísimo más amplio que el DSM o el CIE. Necesita una visión social, cultural y actitudinal que aporte un contexto a la Psicología y la Medicina. Tener la testosterona libre por debajo del valor medio no significa tener bajo deseo o un problema en la excitación. Un apego inseguro o una baja autoestima tampoco. Hay que mirar más, más amplio y fijarse en cómo el modelo tradicional relaciona la masculinidad con un alto deseo, cómo el coitocentrismo agota en sus rituales o cómo la pornografía fagocita el deseo al igual que los roles de género dificultan la comunicación.

Esta visión sólo puede darse desde la Sexología entendida como disciplina autónoma y debe orientar toda formación para incluir una visión feminista y crítica sobre la sexualidad general, los modelos de educación y de relación; debe escuchar y estudiar a la sociedad y ofrecerle una alternativa válida.

Nuestra experiencia nos ha enseñado que una formación rigurosa no puede consistir únicamente en facilitar contenidos teóricos. La Sexología exige estudiar, cuestionarse, revisar las propias actitudes, escuchar otras realidades, contrastar perspectivas y trasladar progresivamente el conocimiento a la práctica. Por eso, nuestros másteres incluyen aproximadamente *190 horas programadas de formación en directo*. A esta formación en directo se añaden los materiales teóricos y los contenidos audiovisuales de elaboración propia, las actividades, las tutorías y las prácticas reales propias o en colaboración con distintas entidades y colectivos. Nuestro alumnado no realiza únicamente ejercicios hipotéticos, participa en intervenciones, talleres y charlas en contextos reales y con el acompañamiento necesario para transformar los conocimientos adquiridos en competencias profesionales. Además, prácticamente la totalidad de nuestro equipo docente está compuesto por sexólogos y sexólogas que se encuentran profesionalmente en activo: cada docente imparte contenidos relacionados con su área de especialización y aporta no solo conocimientos teóricos, sino también experiencia práctica.

Porque consideramos que enseñar Sexología implica conocer la disciplina, pero también ejercerla, investigarla, revisarla y mantenerse en contacto con las necesidades reales de las personas.

Resultaría fácil responsabilizar exclusivamente a las empresas que ofrecen este tipo de títulos o enfoques, pero el alumnado también debe asumir su parte: antes de matricularnos en una formación que nos permitirá presentarnos públicamente como sexólogas, deberíamos preguntarnos qué clase de profesionales queremos llegar a ser.

  • ¿Queremos aprender o solamente obtener un diploma? ¿Hay interés o necesidad?
  • ¿Queremos desarrollar competencias reales o incorporar un título más a nuestro currículo?
  • ¿Queremos comprender la complejidad de la sexualidad humana o buscamos una formación rápida, barata y cómoda?
  • ¿Estaríamos dispuestas a ser atendidas por alguien que se ha formado de esa manera?

Cualquier persona puede comprar un curso económico, descargarse unos contenidos y colocar después el diploma en la pared de su consulta. Pero poseer un certificado no garantiza tener los conocimientos, las competencias ni la experiencia necesarios para acompañar a otras personas. Aquí existe también una responsabilidad ética.

Cuando trabajamos con la sexualidad, trabajamos con aspectos especialmente íntimos y sensibles de la vida: el cuerpo, la identidad, el deseo, el placer, los vínculos, los miedos, las culpas, las experiencias de violencia, las inseguridades y las dificultades relacionales. No deberíamos intervenir en estas cuestiones con una preparación superficial, igual que no deberíamos acudir a la IA para diagnosticar un problema médico o psicológico. La pregunta no es únicamente cuánto cuesta un máster o cuánto tiempo necesitamos para terminarlo. La pregunta es qué profesionales queremos ser y qué responsabilidad estamos dispuestas a asumir ante la sociedad.

No existe una única formación adecuada para todo el mundo. Cada persona debe valorar sus objetivos, su profesión de origen y el ámbito en el que desea especializarse. Sin embargo, esta elección debería partir de una serie de preguntas fundamentales:

  • ¿El profesorado tiene formación específica en Sexología?
  • ¿Son profesionales en activo y en contacto con la disciplina y la realidad?
  • ¿El programa parte de un enfoque biopsicosocial e integrador o tienes la sensación de ver más peso en unas disciplinas que en otras?
  • ¿La perspectiva de género atraviesa realmente los contenidos o ya utiliza el masculino genérico en su presentación?
  • ¿Existen clases en directo y espacios de intercambio con el profesorado o vas a pasarte horas a solas frente al portátil?
  • ¿Incluye contenidos teóricos propios, actualizados y revisados o son un copia/pega unos de otros?
  • ¿Las tareas, actividades prácticas y evaluaciones que se proponen exigen reflexión o cubren expediente?
  • ¿Otorga importancia al análisis de las actitudes personales hacia la sexualidad o se queda en unos datos aprendidos?
  • ¿Hay algún acompañamiento durante todo el proceso formativo? ¿Hay tutorías y acompañamiento para elaborar el Trabajo de Fin de Máster, las actividades, las prácticas…?
  • ¿Ofrece prácticas reales o únicamente ejercicios ficticios?
  • ¿La entidad posee una trayectoria reconocible en el ámbito de la Sexología o sólo es la que más veces te ha saltado en redes?
  • ¿La formación prepara realmente para intervenir o se limita a expedir un título?

Estas preguntas permiten distinguir entre una formación diseñada para preparar profesionales y un producto creado para venderse. Si buscas un título rápido para añadirlo a tu currículo o colocarlo en la pared de tu consulta, encontrarás multitud de alternativas económicas. También puedes imprimirlo tú 😉

Pero si quieres convertirte verdaderamente en una buena profesional de la Sexología, tendrás que mirar más allá del precio y del diploma. Te conviene revisar quién está detrás de la formación, quién imparte las clases, qué perspectiva sostiene el programa, cuántas horas de docencia real ofrece, qué acompañamiento proporciona y qué oportunidades tendrás de llevar el conocimiento a la práctica. Una formación barata puede terminar saliendo muy cara, aunque una cara tampoco te asegura nada.

Desde Fundación SEXPOL defendemos una formación exigente, comprometida y humana. Una formación que no patologice innecesariamente la sexualidad, que incorpore la perspectiva de género, que tenga en cuenta la diversidad y que comprenda a las personas desde una mirada biopsicosocial.

Al final, la decisión sobre dónde y con quién formarte es tuya, pero también lo es decidir qué clase de profesional quieres llegar a ser.

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