Virginia Tagliatti 
Máster en Terapia Sexual, de Parejas y otros vínculos sexuales con perspectiva de género
Resumen
Históricamente, la feminidad y el amor romántico han constituido los pilares de la construcción de la identidad del sujeto mujer. A través de la socialización de género femenina, se moldea la forma en que habitan el mundo y se las disciplina hasta convertirlas en una “buena mujer”, reproduciendo estereotipos que limitan sus posibilidades a roles tradicionales como esposa y madre. Este artículo tiene por objetivo analizar cómo se construye el sujeto mujer dentro de la cultura patriarcal y propone problematizar dicho orden para buscar alternativas viables que transformen las dinámicas de desigualdad.
la feminidad se construye
La feminidad como promesa de felicidad
Durante siglos, la cultura y sociedad se han encargado de transmitir un mensaje claro para todas: si te convertís en una buena mujer, vas a ser feliz. Pero ¿qué significa acaso ser una buena mujer? Dentro de la cultura patriarcal – entendida como el sistema de organización social que establece la jerarquía de hombres por sobre mujeres y disidencias – la feminidad se construye como el conjunto de características en las que las mujeres somos socializadas desde incluso antes de nacer. Esos rasgos nos moldean para existir en función de otras personas: para cuidar, sostener y dar sentido a la vida de lxs demás, relegándonos al rol de esposa y madre, y dejando en segundo plano nuestro propio bienestar (Lagarde y de los Ríos, 2000). El sometimiento voluntario se presenta a las mujeres como la promesa de hacernos felices y en ese sentido, los aparatos culturales funcionan como los amplificadores de mensajes – sutiles, pero sumamente efectivos – que perpetúan los mandatos de género de obediencia. Toda una vida de disciplinamiento en rituales estéticos, comportamentales y educativos que nos llevan a convertirnos en esa mujer® que será elegida por el único individuo que puede darnos verdadero reconocimiento: un hombre.
A su vez, el “amor Disney” funciona como un transmisor de la idea que socialmente se acepta sobre los valores y estereotipos de lo que constituye a una verdadera dama (Vasallo, 2020) y se convierte en el mecanismo anestésico más eficiente para mantener el orden social patriarcal dominante. Tal como dice Lala Pasquinelli (2024), nos dirigimos hacia la felicidad cuando conocemos a ese hombre hegemónico al que cambiamos a través del amor incondicional y por el que dejamos absolutamente todo. La meta de nuestra felicidad se consolidará en tanto él se case con nosotras y formemos la familia feliz para la que siempre estuvimos predestinadas. Ese ideal femenino y el amor romántico que lo sucede, se presentan como una zanahoria a la que aspirar con consecuencias extremadamente peligrosas. Por una parte, porque homogeniza proyectos de vida, definiendo así una identidad única válida en relación con el hecho de ser mujer, impregnada por el heterosexismo y la maternidad. Por otro lado, porque la gran mayoría de características de la feminidad se basan en ideales de belleza y de maneras de existir en las cuales entregamos todo nuestro tiempo y energía a lxs demás, dejando de lado nuestras propias necesidades. Asimismo, porque el amor entendido en esos términos mata al aislarnos y confrontarnos unas con otras para acceder a los beneficios del reconocimiento masculino. Si el peso de nuestra identidad y autoestima recae exclusivamente en esa constitución idílica de lo que es ser una buena mujer y si sentirnos amada por un varón es lo mejor que nos puede pasar, en cuanto llegue la violencia, será casi imposible escapar de ese cautiverio (Vasallo, 2020).
Performando lo femenino como vamos adquiriendo un rol, un lugar,
un estatus que nos permite ser aceptadas y reconocidas
A través de este modelo implícito de feminidad se concretan las vidas estereotipadas y limitadas a las que podemos acceder como mujeres, sin posibilidades de pensarnos más allá de una existencia en relación con el binomio pareja-maternidad. Inventar alternativas a lo implícitamente hegemónico resulta una tarea difícil, sobre todo si esa postura está tan naturalizada e invisibilizada.
La construcción del sujeto mujer en la cultura patriarcal
Uno de los imperativos más escuchados dentro de la cultura patriarcal es “compórtate como una buena niña”. Rápidamente, comenzamos a entender que hay algo de lo que hacemos o somos que no está del todo bien y puede que absolutamente todas recordemos nuestra “falla original” o la primera vez que sentimos que no encajábamos, que estábamos en falta y que no éramos las niñas buenas merecedoras de amor y cariño. Así, comienza la carrera por esforzarnos por ser y parecer otra cosa distinta que lo que somos, de tal modo que nadie se dé cuenta y se acrecienta la sensación de ser las impostoras de nuestras vidas, porque no alcanza lo que hagamos, jamás será suficiente para que nos quieran. Paulatinamente, vamos construyendo una identidad marcada por los imperativos de la feminidad, que se modela a través de las voces de nuestras madres, abuelas, de otras mujeres que aparecen en publicidades, de las que seguimos en redes sociales y que nos muestran cómo deberíamos ser. Performando lo femenino es como vamos adquiriendo un rol, un lugar, un estatus que nos permite ser aceptadas y reconocidas socialmente. Siendo obedientes, otorgando nuestro tiempo, dinero y energías para ser femeninas es como nos convertimos en alguien que no somos, que no nos gusta ni nos da placer, pero que nos permite sobrevivir (Pasquinelli, 2024).
Lo femenino deviene de la masculinidad construida como universal que le da sentido común al mundo y que es desde donde leemos la representación de la supuesta “realidad”. Se nos presenta como el sexo complementario – aunque inmaduro – del binomio hombre/mujer (Campero, 2016). No obstante, en esa distribución “aleatoria” de complementariedad resultan llamativas las particularidades que definen a cada género: fuerte/débil, racional/emocional, duro/sensible, proveedor/mantenida, protector/cuidada. Se homogeniza nuestra existencia y la forma en que habitamos el mundo a partir de estas características estereotipadas que nos llevan al mandato de la obediencia, porque queda claro que las rebeldes que desobedecen son castigadas y calificadas como las feas, las brujas, las infelices que jamás van a ser respetadas, aceptadas y queridas. Y por supuesto, nadie quiere eso.
En esta pedagogía de la insuficiencia es desde donde formulamos nuestra propia identidad y comenzamos a vincularnos afectivamente con el mundo que nos rodea, sintiendo que somos seres inferiores, que tenemos que agradecer que alguien nos mire y que quiera establecer un vínculo con nosotras, sin siquiera preguntarnos si realmente nos gusta esa persona (Pasquinelli, 2024). De esta forma, la heterosexualidad femenina se organiza simbólicamente en torno a lo masculino que surge como medida de nuestro valor y el amor aparece en la escena mediante una herramienta sumamente eficaz de control social: el sistema monógamo, que captura nuestra sexualidad y afectos y determina nuestra posición subordinada. Los admiramos y justificamos de toda falta o violencia para construir ese amor eterno, único y exclusivo que nos llevará a ser amadas para siempre. Tal como menciona Brigitte Vasallo (2020) cómo no vamos a caer en la trampa si desde que nacemos estamos bombardeadas por la literatura, la música y la narrativa de trama “Disney” donde una chica bonita se enamora del chico guapo, hay un flechazo y luego llega una tercera en discordia – la fea y malvada – que lucha también por el amor de ese hombre y hace hasta lo imposible por destruir esa unión tan única y especial. Al final del cuento queda claro quién es mejor mujer, la más dulce, cuidadora, inocente, bella, entre tantos otros atributos que tiene la protagonista y de las que carecen las “otras” mujeres. Sabemos que es superior porque alguien con privilegio de clase y género – y con poder – la elige como su esposa: el príncipe, un hombre cis, hetero, blanco y proveedor. Así es como se posiciona en la cúspide de la pirámide de la monogamia y comienza la confrontación por ocupar ese espacio reducido donde ella gana y las otras pierden.
Lo femenino deviene de la masculinidad construida como universal
Por su parte, Mari Luz Esteban (2011) habla del pensamiento amoroso como el conjunto de símbolos, teorías y representaciones en relación con el amor que penetra en cada uno de los espacios sociales e institucionales de la sociedad occidental e impacta en las prácticas cotidianas de las personas, estructurando relaciones de desigualdad en cuanto al género, la clase, la etnia y concretando cómo deberíamos entender la sexualidad, la identidad, los vínculos, en síntesis, al sujeto. Las mujeres dedicamos casi en exclusividad nuestro tiempo y dinero al amor, porque sabemos que es un bien escaso que necesitamos ganarnos y porque es la puerta de entrada a muchos de los privilegios que están reservados a los varones. El miedo a quedarnos solas es un miedo adaptativo que busca garantizar condiciones materiales esenciales para la supervivencia y la posibilidad de aspirar al reconocimiento humano y a la vida digna que toda persona merece. Por otro lado, nos autorrealizamos como mujeres en tanto satisfacemos las necesidades de lxs otrxs. Somos educadas para ser esposas y madres ejemplares; estamos pendientes de lxs demás, dejamos de lado nuestro bienestar en pos de mantener a salvo la familia que maternamos, ese núcleo social-económico-político que nos asegura condiciones de vida. El mayor problema que surge de este tipo de narrativas sobre el amor es que si estamos pre-destinadas a amar incondicionalmente, las mujeres vamos a permanecer en relaciones insatisfactorias, desiguales e incluso violentas. Ese sistema de confrontación y competición femenina, junto con la dependencia emocional, económica y social en relación con los varones, nos dejan sumamente vulnerables y constituyen el caldo de cultivo para que la violencia de género se materialice.
no es tarea sencilla encontrar alternativas a la feminidad sumisa y obediente
Resulta sumamente complejo romper estas lógicas hegemónicas de cómo se presenta el amor y no es tarea sencilla encontrar alternativas para escapar del mandato que nos conduce a la feminidad sumisa y obediente. No obstante, si comprendemos que ese pensamiento dominante se sustenta en la idea de que en las relaciones sexoafectivas se otorgan privilegios especiales a las partes que la componen por encima de otro tipo de relación (Pérez Cortés, 2020), concluiremos que la monogamia y la pareja se asienta en un sistema de distribución y jerarquía de los vínculos desigual, más que en el significado real de la palabra “amor”. De este postulado es desde donde surgen las no monogamias, entendidas como el conjunto de posibilidades vinculares que proclaman la creación de redes horizontales de sustento mutuo, de solidaridad y autonomía colectiva y que tienen como fin último enfrentarse al statu-quo, desobedecer a los mandatos y estructuras que se nos imponen, constituyendo así una verdadera revolución vincular.
Conclusiones
En resumen, podemos decir que la feminidad se enseña a las mujeres como condición sine qua non de la constitución de nuestra propia identidad. Esas características, en principio inocentes, funcionan como los mandatos de género a los que toda mujer debe aspirar, para obtener el reconocimiento de quienes verdaderamente ostentan el poder real dentro de la estructura patriarcal, es decir, los hombres. Convertirnos en esposas y madres de sus hijos, será la prueba fehaciente de que somos unas “buenas mujeres”. No obstante, esta pedagogía que define cómo debemos ser y comportarnos nos reduce a una categoría de homogeneidad de sujetos pasivos y carentes de rasgos identitarios particulares, que están destinados a vivir para y por los demás. Por su parte, los artefactos culturales transmiten la narrativa del “amor Disney” como promesa de felicidad y definen a la monogamia como el sistema que distribuye las jerarquías de cada tipo de vínculo, impulsando a las mujeres a competir unas con otras para vivir nuestra propia historia de amor.
La disciplina constante a la que somos sometidas para ser femeninas, sumado a esa búsqueda inalcanzable de un amor idealizado, nos inducen a una carrera interminable por convertirnos en algo, que, de antemano, no somos y conllevan diversos peligros tales como la dependencia, la abnegación y sumisión de nuestro ser, conformando el caldo de cultivo de la violencia de género. Por estos motivos, la búsqueda de alternativas a realidades más dignas y solidarias de redes de apoyo mutuo, como las no monogamias, resultan altamente atractivas para aquellas mujeres desobedientes que aspiramos al derecho básico de existir sin tener que cumplir.
Referencias
- Campero, Ruben. (2016). La masculinidad nuestra de cada día. En Clave de Género: La construcción de la violencia. Fondo de Publicaciones del CIEJ.
- Esteban, Mari Luz. (2011). Crítica del pensamiento amoroso. Bellaterra.
- Lagarde y de los Ríos, Marcela. (2000). Claves feministas para la autoestima de las mujeres. Horas y Horas.
- Pasquinelli, Lala. (2024). La estafa de la feminidad: Cómo la belleza nos educa para ser sumisas. Planeta.
- Pérez Cortés, Juan Carlos. (2020). Anarquía relacional: La revolución desde los vínculos. La Oveja Roja
- Vasallo, Brigitte. (2020). Hermanastras y sapos. Amor, Disney y agenciamiento feminista. Revista IDEES, (47). Recuperado de: https://revistaidees.cat/es/germanastres-i-gripaus-amor-disney-i-agenciament-feminista/?pdf=15063



