Aileen Fabre Venegas
Septiembre, 2025
Hablar de sexualidad femenina en Chile es sumergirnos en un río profundo donde las aguas han corrido durante décadas entre piedras de silencio, cauces de culpa y orillas vigiladas por mandatos morales. Allí, donde durante generaciones se sembró vergüenza, brotaron también resistencias, corrientes subterráneas de deseo que, a pesar de todo, insistieron en fluir. Durante mucho tiempo los cuerpos femeninos fueron disciplinados en nombre de la religión, la familia o el Estado. Se nos enseñó a cuidarnos, pero no a gozar; a callar, pero no a narrar. Sin embargo, hoy asistimos a una transformación, nuevas generaciones comienzan a contarse desde la autonomía y la soberanía del deseo, aunque esa narración no está libre de tensiones ni contradicciones.
Nuestra investigación —realizada en el marco del Máster en Terapia Sexual y de Parejas de la Universidad Nebrija y la Fundación SEXPOL— buscó escuchar esas voces. Escucharlas con paciencia, con el cuidado de quien sabe que en cada palabra se revelan siglos de mandatos y grietas de emancipación. Escuchamos lo que mujeres de distintas generaciones dijeron cuando hablaron de su deseo, de sus miedos, de sus cuerpos. Escuchamos también a quienes las acompañan en lo clínico, lo terapéutico y lo comunitario. Partimos de una convicción que sostiene toda esta pesquisa, la sexualidad no es solo lo que se vive, es también lo que se narra. Y en esas narraciones no solo se arrastra la herencia de los silencios, también se enciende la potencia de reescribir la historia del placer. En este marco, nuestro objetivo general fue explorar las narrativas sobre sexualidad y placer en mujeres chilenas de distintas generaciones, identificando continuidades y transformaciones en sus discursos y contrastándolos con las miradas de quienes trabajan en sexualidad femenina.
Escuchamos lo que mujeres de distintas generaciones dijeron cuando hablaron de su deseo
Las encuestas aplicadas a 121 mujeres, junto con entrevistas en profundidad realizadas a participantes de distintas generaciones, nos permitieron reconocer una trama compleja y heterogénea. Optamos por un diseño mixto de carácter descriptivo-narrativo que, además de recoger datos cuantitativos sobre experiencias y percepciones, abrió un espacio para que las mujeres narraran sus historias en primera persona. Este doble enfoque nos permitió observar patrones comunes en los números, pero también matices, silencios y tensiones en los relatos. En este punto, resulta imposible no subrayar la ausencia histórica de una educación sexual integral en Chile, una carencia que no sólo limitó el acceso a información sobre el cuerpo y el placer, sino que levantó una auténtica pedagogía del desconocimiento (Vargas & Bravo, 2021), instalando la idea de que lo sexual debía ser abordado desde el riesgo o la prohibición.
En el caso de las mujeres nacidas en los años sesenta y setenta, se repite la memoria de infancias atravesadas por la omisión educativa; colegios que hablaban de biología, pero nunca de placer; familias que aconsejaban “cuidarse”, pero jamás explorar; un horizonte moral en el que cualquier gesto de deseo resultaba sospechoso. Una de ellas, nacida en 1962, lo sintetizó con claridad: “Me enseñaron que el sexo fuera del matrimonio era pecado, así que siempre había miedo y vergüenza”. Otra entrevistada de esta generación lo resumió así: “En esos años, una se quedaba callada y cumplía, aunque no disfrutara nada”. Esa pedagogía del silencio, alimentada por el catolicismo y reforzada por iglesias evangélicas, configuró subjetividades en las que el deseo aparecía como amenaza más que como derecho. En esos recuerdos, el silencio se vuelve un personaje omnipresente, un eco que aún resuena en los cuerpos y en la memoria.
En paralelo, la dictadura cívico-militar no sólo amordazó la política, sino que, también disciplinó los cuerpos. Se nos impuso un modelo de mujer obediente, heterosexual, maternal y sumisa. El cuerpo femenino fue convertido en emblema del orden autoritario; fértil, vigilado y callado. Cualquier desviación fue castigada, incluso con la violencia sexual como herramienta de represión, dejando un legado de trauma y dolor, que hasta la actualidad se sigue luchando por ser reconocido y reparado. Como bien señaló Foucault (2019), el poder no actúa únicamente prohibiendo, sino produciendo subjetividades y cuerpos normalizados. Aquí resuena también la advertencia de Rubin (2015) sobre cómo las jerarquías sexuales han operado históricamente para definir qué prácticas son legítimas y cuáles se condenan, un patrón que en Chile se intensificó bajo el autoritarismo. La dictadura chilena desplegó así un dispositivo que convirtió el placer en un territorio prohibido y el cuerpo en un espacio sitiado, donde la vigilancia era permanente y la intimidad se volvió campo de sospecha. La herida de esa pedagogía autoritaria sigue latiendo en muchas de nuestras entrevistadas, que crecieron con la certeza de que el goce era algo indebido, y como consecuencia, en muchos casos, no alcanzó a instaurarse como una posibilidad, simplemente fue castrado, censurado y reprimido.
No obstante, siempre hubo mujeres que intentaron desligarse de estos mandatos, casi siempre bajo el velo de la clandestinidad. Los ecos de la segunda ola feminista alcanzaron a algunas, permitiéndoles instruirse en una sexualidad algo más emancipadora que la que la norma social dejaba imaginar. Con el tiempo y la llegada de nuevas generaciones, esas fisuras se ensancharon. Las más jóvenes, socializadas en un Chile democrático y digitalizado, crecieron con acceso a internet, con discursos feministas en las calles y con referentes distintos a los de sus madres y abuelas. Muchas hablan con mayor soltura de consentimiento, autoerotismo y sexualidad diversa. Una joven de nuestra muestra afirmó: “Con mis amigas nos mandábamos links y videos, porque en la familia no se podía hablar de sexo” (nacida en 1994), y otra, nacida en los noventa, señaló: “Con las redes sociales parece que tienes que ser sexy todo el tiempo, y si no lo eres, quedas fuera”. Esa distancia generacional muestra tanto rupturas como continuidades, más lenguajes, pero también nuevas cadenas. La clandestinidad de antaño se ha transformado en exhibición pública, aunque en ambos extremos sigue latiendo la misma tensión, cómo vivir el deseo en libertad.
La libertad vino acompañada de exigencias, como mostrarse deseantes, bellas, siempre disponibles para el goce. Como advierte Sara Ahmed (2010), el “mandato de la felicidad” recorre también el terreno del sexo; hay que gozar, hay que demostrarlo, hay que encarnar la promesa de una sexualidad plena. Varias mujeres jóvenes relataron sentirse abrumadas por la presión de “saber disfrutar” o de cumplir con estándares estéticos inalcanzables. Y así también lo muestran las psicólogas que trabajan en sexualidad femenina, hay una mayor liberación en lo sexual, pero cargada de exigencias abrumadoras que si no alcanzas, te llenan de cuestionamientos. Lo que aquí observamos, en clave butleriana, es la performatividad del deseo; un deseo que no solo se siente, sino que debe representarse, sostenerse en escena como si de un ritual cotidiano se tratara, para ser validado socialmente (Butler, 2007). Así, el mandato patriarcal se reinventa bajo ropajes neoliberales, no se trata ya de callar el deseo, sino de mostrarlo en exceso, de exhibirlo como vitrina de éxito personal.
Las entrevistas revelaron esta tensión con nitidez. Una mujer de 31 años nos dijo con una mezcla de firmeza y alivio: “no necesito nada”. Lejos de ser signo de carencia, su frase era un acto de soberanía, de poder elegir cuándo, cómo y con quién vivir el deseo. Otra entrevistada, de 67 años, unió sexo y cariño en una misma ecuación, recordándonos que el placer no se mide en frecuencia sino en significación: “para mí, sexo y cariño van ligados; si no están juntos, prefiero no tenerlo”. Una encuestada señaló: “He aprendido a hablar de placer recién ahora, a mis 50” (nacida en 1973), dejando en evidencia que el derecho a nombrar el deseo puede llegar tardíamente, pero no por ello con menos fuerza. Estas frases breves, dichas sin adornos, pero cargadas de verdad, condensan el tránsito hacia una sexualidad donde el deseo aparece como brújula íntima, aunque cada una lo oriente en dirección distinta.
La libertad vino acompañada de exigencias, como mostrarse deseantes, bellas, siempre disponibles
El análisis narrativo nos mostró que no existe un deseo femenino unívoco ni estable, sino relatos múltiples que se despliegan en registros diversos, desde la suficiencia, donde el sexo se vive como opcional, hasta la frustración marcada por culpas o violencias, pasando por historias de reaprendizaje en las que la sexualidad se reconstruye a través de la exploración y la palabra. En todas ellas, los silencios pesan tanto como las declaraciones, lo que no se nombra, lo que se calla, lo que se insinúa entre pausas también constituye el relato. Como señala Riessman (1993), narrar no es solo describir, es producir realidad; y en estos relatos, el deseo se vuelve acto performativo, un gesto de resistencia frente a siglos de silencios. Allí, en el intersticio entre palabra y silencio, se dibuja una política del cuerpo, cada relato es tanto una memoria íntima como una declaración pública de resistencia.
Precisamente aquí se enlaza la advertencia de Margarita Pisano (2006), el feminismo no puede sostenerse sobre la abstracción de “la mujer” como sujeto homogéneo, sino sobre las subjetividades concretas, singulares, que rehacen su historia desde el cuerpo, el placer y el desapego de los mandatos tradicionales. Nuestros hallazgos confirman esa premisa, la mujer que vivió su sexualidad marcada por la culpa religiosa no comparte la misma experiencia que la joven presionada por las redes sociales a mostrarse siempre deseante, ni que aquella que convierte el silencio en una forma de resistencia al juicio ajeno. En cada una de estas narrativas se despliega lo que Pisano llamó una “historia fuera de la historia”, sexualidades que no caben en los moldes del deber ni en las lógicas del amor romántico, y que en su singularidad más radical, abren grietas luminosas hacia la emancipación.
Entre nuestras entrevistadas, fueron frecuentes los relatos de mujeres a partir de los cuarenta años que, sin haber crecido con el influjo del feminismo digital, hoy encuentran en él un horizonte inesperado. El acceso a redes sociales y a comunidades virtuales les ha permitido cuestionar los mandatos con los que fueron socializadas —el deber conyugal, la maternidad como destino, el silencio frente al propio cuerpo— y habilitarse para pensar el deseo y el placer como espacios legítimos. Se trata de un fenómeno que parece expandirse especialmente entre mujeres mayores, quienes, a pesar del legado conservador que las marcó, se han permitido sentir y conectar desde nuevas claves. En sus voces se percibe una madurez que combina rebeldía y experiencia, el eco de separaciones, post-maternidades y nuevas formas de reorganizar la vida afectiva. Esta convergencia ha abierto un territorio de autogestión del placer, donde incluso mujeres de generaciones muy distintas coinciden en una conciencia renovada sobre el derecho a decidir, explorar y disfrutar sus cuerpos.
Las profesionales entrevistadas ofrecieron un espejo complementario. Coincidieron en que el patriarcado opera como mandato encarnado, reproduciendo vergüenza y desigualdad en el acceso a la educación sexual. Una psicóloga recordó que la mayoría de las consultas no son por disfunciones orgánicas, sino por historias de silencios heredados. También señalaron que el feminismo abrió lenguajes nuevos, permitiendo resignificar la relación con el cuerpo y el placer. Sin embargo, advirtieron que esta apertura no es homogénea, muchas mujeres han encontrado en redes sociales un acceso inédito a discursos feministas y a una educación sexual alternativa, pero otras —de diversas edades y contextos— aún permanecen bajo la moral católica restrictiva y conservadora, recordando que no todas han accedido a las mismas grietas de libertad. Este contraste revela la coexistencia de tiempos distintos en la sexualidad femenina chilena, donde emancipación y control conviven de manera tensa y desigual.
Por su parte, las diferencias se hicieron visibles en los enfoques. Mientras algunas miradas clínicas todavía se sostienen en categorías biomédicas y diagnósticas, buscando nombrar el deseo en términos de déficit o disfunción, las perspectivas comunitarias ponen el acento en la política del deseo y en la necesidad de reescribir el erotismo desde el cuidado y la autonomía. Esta tensión recuerda el punto neurálgico en el que se encuentra hoy la sexología, entre una tradición que reduce lo sexual a parámetros clínicos o médicos y otra que se abre a pensar el placer como experiencia situada, atravesada por contextos sociales, culturales y afectivos. Es en esa encrucijada donde se decide si el deseo será tratado como síntoma o como lenguaje, como patología o como potencia.
En este cruce, la sexología crítica aparece como horizonte indispensable. Frente a modelos que diagnostican “trastornos” del deseo, esta mirada nos invita a comprenderlo como experiencia política y subjetiva, profundamente vinculada con las condiciones de vida y con la autonomía de los cuerpos. Encinas (2022) habla de “desobediencia erótica” como gesto de soberanía íntima frente a la normatividad patriarcal; Basson (2000) recuerda que el deseo no siempre antecede al encuentro, sino que puede emerger en contextos de seguridad y conexión; Nagoski (2015) visibiliza la enorme variabilidad en la respuesta sexual femenina y se desprende de ello que aceptar esa diversidad es en sí mismo terapéutico; mientras que McClelland (2010) introduce la noción de “justicia erótica”, subrayando que las desigualdades sociales también determinan quién accede —y quién no— al placer. Fausto-Sterling (2000) aporta aquí una clave adicional, al recordarnos que la biología y el género no pueden entenderse por separado, la experiencia del cuerpo femenino es siempre material y social a la vez, y toda intervención terapéutica debe reconocer esta doble dimensión. Cada una de estas voces nos empuja a desarmar la lógica de la falta para abrir paso a una ética del cuidado, la pluralidad y el derecho a sentir.
La discusión con estas autoras nos permitió comprender que la terapia sexual feminista no busca “normalizar” el deseo, sino rehumanizarlo. Como advierte Bartky (1990), la feminidad funciona como dispositivo de control que condiciona la forma en que habitamos o silenciamos nuestro erotismo. Y como recuerda Perel (2007), el erotismo puede ser también espacio de autonomía y juego, más allá del mandato conyugal o de la obligación de rendimiento. En esta línea, Federici (2004) ha insistido en que el cuerpo de las mujeres ha sido históricamente un territorio de disputa para el patriarcado y el capitalismo, lo cual explica que incluso hoy el control de la sexualidad femenina siga siendo un campo de poder y resistencia. Aquí aparece con claridad la dimensión terapéutica de nuestra investigación, acompañar a mujeres en sus procesos sexuales implica crear espacios de escucha donde los silencios heredados puedan transformarse en palabras, donde la vergüenza se convierta en relato compartido y donde el placer se viva como derecho. Esa es la práctica concreta de la terapia sexual feminista, una práctica que entrelaza lo íntimo con lo político. Así, lo político y lo terapéutico no caminan por sendas paralelas, sino que se entrelazan en un mismo gesto, acompañar a mujeres en sus procesos sexuales es, al mismo tiempo, tarea clínica y acto de justicia íntima.
La conclusión principal de nuestra investigación es clara, existe un tránsito compartido entre generaciones, un movimiento que va de la sexualidad vivida como deber hacia experiencias donde el placer y la autonomía cobran centralidad. Ese tránsito no es lineal ni exento de tensiones, pero se dibuja en relatos de mujeres que hoy se atreven a decir lo que sienten y lo que desean. Y al hacerlo, no solo se narran a sí mismas, desafían los límites de un país que todavía arrastra silencios, mandatos y desigualdades. En este gesto aparece también la intuición de lo que Luce Irigaray (2010) reclamaba, la urgencia de que las mujeres puedan hablarse y nombrarse con lengua propia. Aunque aún recurran a un lenguaje modelado por lo masculino, cada testimonio recogido constituye un intento de torcer esa gramática, de habitarla de otro modo, de inventar palabras que no estaban disponibles. Las narrativas sobre sexualidad, en este sentido, no son solo memorias íntimas, sino ensayos de un nuevo idioma, ensayos donde las mujeres chilenas buscan inscribir su deseo en una lengua que hasta ahora no les pertenecía del todo.
Las proyecciones de este estudio son también un llamado. Se hace urgente ampliar la investigación a más territorios y diversidades, escuchar las voces de mujeres indígenas, migrantes, rurales, racializadas, de disidencias sexuales y de distintas edades. Hace falta profundizar en cómo operan los cruces de clase, raza y generación en la vivencia del deseo. También necesitamos analizar con más detenimiento el papel ambivalente de las tecnologías digitales, capaces de abrir espacios de autoexploración, pero también de reproducir dinámicas de violencia y cosificación. Otro campo pendiente es la revisión de la formación sexológica en Chile, urge integrar enfoques feministas e interseccionales que permitan a las y los futuros profesionales acompañar desde la escucha y no desde la patologización. Finalmente, creemos necesario abrir estudios comparativos en América Latina, para comprender cómo los contextos locales dialogan con tendencias globales en torno al deseo femenino. Se trata, en definitiva, de abrir preguntas más que de clausurar respuestas, de sembrar inquietudes que incomoden y a la vez iluminen.
mi deseo es mío, mi cuerpo es mío, mi placer también lo es
El futuro de la sexología crítica y feminista en Chile está en esa intersección, entre la escucha íntima y la transformación social; entre la clínica que habilita palabras donde antes hubo silencio y la política que defiende el derecho a una vida sexual libre de culpas. Entre lo personal y lo colectivo, lo terapéutico y lo político, lo histórico y lo que aún está por venir. Este estudio no pretende ofrecer respuestas concluyentes, sino abrir caminos de reflexión y nuevas preguntas. Porque hablar de placer femenino en este país es hablar de justicia, de memoria y de futuro. Y es, sobre todo, transformar el silencio en palabra, la culpa en deseo, la memoria en futuro. Es escuchar esas voces que, después de tanto silencio, se atreven por fin a pronunciar con claridad: mi deseo es mío, mi cuerpo es mío, mi placer también lo es.
BIBLIOGRAFÍA
- Ahmed, S. (2010). The Promise of Happiness. Duke University Press.
- Bartky, S. L. (1990). Femininity and domination: Studies in the phenomenology of oppression. Routledge.
- Basson, R. (2000). The female sexual response: A different model. Journal of Sex & Marital Therapy, 26(1), 51–65. https://doi.org/10.1080/009262300278641
- Butler, J. (2007). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad (2.ª ed., trad. P. Saldaña). Barcelona: Paidós. (Obra original publicada en 1990)
- Encinas, S. (2022). Feminidad salvaje. Editorial Ariel.
- Fausto-Sterling, A. (2000). Sexing the body: Gender politics and the construction of sexuality. Basic Books.
- Federici, S. (2004). Caliban and the Witch. Women, the body and primitive accumulation. Autonomedia.
- Foucault, M. (2019). Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber (3.ª ed.). México: Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1976)
- Irigaray, L. (2010). Speculum: El espejo de la otra mujer. Madrid: Editorial Akal. (Obra original publicada en 1977)
- McClelland, S. I. (2010). Intimate justice: A critical analysis of sexual satisfaction. Social and Personality Psychology Compass, 4(9), 663–680. https://doi.org/10.1111/j.1751-9004.2010.00293.x
- Nagoski, E. (2015). Come as you are: The surprising new science that will transform your sex life. Simon & Schuster.
- Perel, E. (2007). Mating in captivity: Unlocking erotic intelligence. Harper.
- Pisano, M. (2006). Una historia fuera de la historia. Ediciones Margarita Pisano.
- Riessman, C. K. (1993). Narrative analysis. Newbury Park, CA: Sage Publications.
- Rubin, G. (2015). El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo. Género: la construcción cultural de la diferencia sexual.-(Pública-Género; 1), 35-91.
- Vargas, S. P. M., & Bravo, M. A. S. (2021). Educación Sexual en América Latina: una revisión del estado del arte en Colombia, Chile, México y Uruguay. Revista educación las Américas, 11(1), 57-77.
