Desde las primeras etapas de la vida, los procesos de socialización han girado en torno a la familia y la pareja monógama, presentadas como los pilares fundamentales de la vida relacional y como referentes centrales de la organización social. Este modelo no solo define que vínculos deben ser priorizados, sino que además establece una serie de normas y expectativas sobre cómo deben configurarse, desarrollarse y sostenerse las relaciones. En este sentido, este modelo se estructura en torno a tres pilares fundamentales, interdependientes y mutuamente reforzados entre sí: monogamia, capitalismo y el amor romántico (Vasallo, 2015).
La monogamia no se limita a ser una elección personal, sino que funciona como un sistema normativo que organiza y jerarquiza los afectos, situando a la pareja en la cúspide y otorgándole un estatus privilegiado. El capitalismo refuerza esta jerarquización al vincular la pareja con la familia, núcleo económico y reproductivo, y el amor romántico, el cual, introduce mitos que consolidan su centralidad, como la idea de la media naranja, la exclusividad y la irremplazabilidad.
La monogamia, como sistema, puede restringir de manera significativa el espacio disponible para cultivar amistades cercanas, y aún más para establecer vínculos afectivos o románticos no mediados por la sexualidad. Por tanto, este modelo tiene implicaciones específicas para ciertos grupos sociales. Las personas que no encajan en las normas tradicionales de relación, como aquellas que forman parte del colectivo LGTBIQ+ o que practican modelos relacionales no monógamos, suelen enfrentarse a mayores dificultades para validar y sostener sus vínculos en un mundo diseñado para la primacía de la pareja.
Ante estas violencias y exclusiones muchas autorías abogan por romper con la monogamia y con la jerarquía relacional impuesta, que sitúa a la pareja en la cúspide de los vínculos afectivo. Ya que la jerarquía es uno de los dispositivos nucleares que sostiene el sistema monógamo. En la misma línea, otras vertientes aportan el desplazamiento de la centralidad de la pareja para así poder proponer otros espacios donde el afecto, el cuidado y el compromiso tengan lugar (Rodríguez y Correa 2025).
Las relaciones de amistad pueden entenderse como esos espacios, pues pueden conceptualizarse como el vínculo en el que se favorezcan dinámicas de apoyo mutuo, la construcción de vínculos éticos y el ejercicio de cuidados recíprocos dentro de la comunidad. De la misma manera, la amistad no suele estar atravesada por el prisma del amor romántico que atrae sentimientos de celos, posesión y violencias como ocurre con las vinculaciones de pareja (Belli, Suarez 2023).
En el plano conceptual, desde Aristóteles y Cicerón hasta perspectivas contemporáneas, han señalado distintos modos de entender la amistad. Mientras que las tradiciones clásicas la vinculaban con la virtud y la afinidad moral, definiciones actuales subrayan variables como la confianza, la reciprocidad, las acciones compartidas o el deseo de bienestar de la otra persona. La amistad, a diferencia de la pareja, carece de un marco institucional equivalente al matrimonio y, en su lugar, se configura mediante acuerdos situados y rutinas propias. Esto le otorga un carácter flexible y adaptable, aunque también la deja sin reconocimiento formal. Esta diferencia revela un aspecto central: la amistad puede sostener dinámicas de apoyo, intimidad y cuidado similares a las de la pareja, pero sin estar sujeta al mismo grado de regulación normativa.
Tradicionalmente, se han señalado ciertas dimensiones como criterios diferenciadores entre la relación de pareja y la amistad, tales como la presencia o ausencia de relaciones sexuales, la proyección conjunta de un futuro o los planes con un marcado carácter romántico. Sin embargo, muchas personas también experimentan formas profundas de intimidad, complicidad y afecto en sus relaciones de amistad, lo que evidencia que estos elementos no son exclusivos del vínculo de pareja. Esta tensión se vuelve especialmente visible en contextos donde se cuestiona la jerarquía afectiva tradicional (Gracey 2024).
El estudio cualitativo de carácter exploratorio, desarrollado a partir de doce entrevistas semiestructuradas con personas jóvenes de entre 23 y 32 años, pertenecientes a distintos géneros, orientaciones y modelos relacionales, permitió recoger matices concretos que enriquecen y complementan estas reflexiones. Para muchas personas, estar en pareja significa apoyo mutuo, confianza y construcción compartida, además de la dimensión sexual. Se valora como un acuerdo de prioridad respecto a otros vínculos, con la creación de un proyecto común. Socialmente, en cambio, se espera que la “buena pareja” cumpla con requisitos como monogamia, fidelidad, convivencia, integración familiar y práctica regular de la sexualidad. Aunque algunas voces críticas rechazan esta visión normativa, sigue siendo predominante. En comparación, la amistad se describe como un vínculo de confianza, lealtad, apoyo emocional y flexibilidad, percibido en ocasiones como una “familia elegida”. Se reconoce que las amistades pueden sostener proyectos compartidos y proporcionar intimidad, aunque sin estar marcadas por las obligaciones formales de la pareja.
Los cuidados se presentan como un elemento diferenciador por género: en las amistades entre mujeres se viven de forma más frecuente, profunda y emocional, mientras que en las amistades entre hombres tienden a ser más prácticos y menos expresivos. No obstante, algunos testimonios valoran esta ligereza como un espacio para desconectar de los problemas. En lo relativo a la libertad, la mayoría coincide en que la amistad permite una mayor sensación de autonomía frente a las exigencias normativas de la pareja. El deseo y la sexualidad aparecen como experiencias comunes en amistades, aunque no siempre se traducen en actos sexuales, y en muchos casos se prioriza el cuidado del vínculo amistoso por encima de la atracción. Esto muestra que ni el sexo ni el deseo son rasgos suficientes para diferenciar entre pareja y amistad, y que la vivencia de los vínculos se sitúa en un continuo más complejo.
Al reflexionar sobre el valor social de la amistad frente a la pareja, la mayoría de participantes reconoce que la pareja conserva una posición privilegiada, asociada a ventajas legales, económicas y culturales. Sin embargo, varias personas señalan que en los últimos años se percibe un cambio, con una mayor revalorización de la amistad y de las redes de apoyo más allá de la pareja. Sobre la posibilidad de imaginar una sociedad donde la amistad tenga el mismo reconocimiento social que la pareja, la mayoría coincide en que, aunque deseable, resulta difícil en el contexto actual debido a las barreras normativas y culturales. Se propone, no obstante, avanzar en esta dirección mediante la educación, la visibilización de modelos relacionales diversos y cambios legales que permitan romper con el carácter exclusivamente conyugal de ciertos derechos.
Las conclusiones que se derivan del análisis permiten sintetizar varias cuestiones relacionadas con los factores diferenciadores entre las relaciones de amistad y las relaciones de pareja.
Por una parte, el sexo no siempre se presenta como un rasgo diferenciador suficiente, ya que puede darse en amistades sin que se transformen en parejas, y no todas las parejas otorgan centralidad al encuentro sexual. El deseo, igualmente, no se restringe a la pareja, aunque el sistema monógamo orienta y regula socialmente a quiénes se puede desear (Vasallo 2018). De ahí que el deseo hacia una amistad se invisibilice o se perciba como inapropiado, cuando en realidad constituye una experiencia común. El erotismo, entendido como el conjunto de deseos, fantasías y excitaciones, ofrece una categoría más amplia para abordar estos matices, sin reducirlos al binomio sexo–no sexo.
La intimidad constituye otra dimensión clave. Se suele asociar a la pareja y, en especial, a la sexualidad, como si acceder al “interior” de una persona solo fuese posible a través del acto sexual. No obstante, la intimidad también puede expresarse en las amistades mediante confidencias, gestos de cuidado o la posibilidad de mostrarse sin máscaras. Esta concepción amplia permite desnaturalizar la identificación entre intimidad y sexualidad y reconocer otras vías posibles de conexión profunda. La irremplazabilidad, por su parte, se erige como mito central del amor romántico: la creencia en que solo existe un amor verdadero y que, si se pierde, no puede ser sustituido. Frente a ello, la amistad se construye desde la pluralidad, multiplicidad y expansión de vínculos, sin reducirse a una única experiencia. Esta diferencia subraya un contraste fundamental entre ambos tipos de relación.
El género atraviesa todas estas dinámicas. La socialización femenina tiende a asignar a las mujeres roles de cuidado, empatía y expresión emocional, lo que facilita la creación de amistades basadas en la ternura y la comprensión. No obstante, también promueve la rivalidad entre mujeres en contextos heterosexuales, fomentando la competencia por la atención masculina. Frente a esta contradicción, surge la noción de amistad política, acuñada por Alicia Valdés (2024), que concibe la unión entre mujeres como un espacio seguro desde donde cuidarse, resistir al patriarcado y descansar de sus violencias. En contraste, la socialización masculina enfatiza la competitividad, la jerarquía y la afirmación de la hombría, limitando la expresión emocional y los cuidados en la amistad entre hombres. Las muestras de afecto suelen estar restringidas para no traspasar los límites de la heterosexualidad normativa, lo que genera vínculos más distantes emocionalmente. Sin embargo, también se observan experiencias que desafían estas imposiciones, con hombres que buscan construir amistades más abiertas y sensibles.
Las amistades entre personas de distinto género constituyen un terreno especialmente conflictivo. Los imaginarios sociales tienden a sostener que entre un hombre y una mujer no puede existir amistad desprovista de atracción sexual. Estudios muestran que gran parte de las parejas comenzaron como amistades, reforzando la percepción de que la amistad es una antesala de la relación de pareja. Además, investigaciones evidencian que los hombres sobrestiman el interés romántico de sus amigas, mientras que las mujeres tienden a subestimarlo, lo que produce malentendidos y tensiones. Estas dinámicas se intensifican en situaciones de soltería y se reducen cuando alguno de los dos tiene pareja. Desde la lógica patriarcal, se refuerza así la imposibilidad de concebir una amistad entre géneros distintos sin que medie deseo sexual. Frente a ello, perspectivas feministas, como la de Coral Herrera (2019), defienden que estas amistades no solo son posibles, sino revolucionarias, ya que desafían las normas patriarcales que buscan dividir a los géneros y perpetuar relaciones de poder. Ejemplos recogidos en entrevistas también muestran que, cuando se logra superar la tensión sexual inicial o esta nunca se presenta, pueden construirse amistades profundas y duraderas entre hombres y mujeres.
En conjunto, los hallazgos permiten afirmar que la pareja sigue teniendo un valor social superior frente a otros vínculos como la amistad, sostenida por la monogamia, el capitalismo y el amor romántico, aunque ambas comparten cuidados, intimidad y apoyo, con diferencias ligadas al deseo, los proyectos vitales y las normas de género. No obstante, la amistad se perfila como un espacio con mayor libertad y potencial para la desjerarquización de los vínculos, siempre que se visibilice su valor, se eduque en cuidados éticos y se cuestionen las estructuras parejocéntricas. Avanzar hacia una desjerarquización de los vínculos implicaría no solo otorgar mayor reconocimiento a la amistad, sino también repensar críticamente el amor romántico, el papel del género y la centralidad de la pareja como institución.
Sin embargo, no se debe olvidar que al hablar de amistad y tener amistades seguras es un privilegio dentro del sistema. Solo se podría mantener esos vínculos relacionales si el empleo permite tener tiempo y energía, si se goza de una buena salud mental para sostener y cuidar a las amigas. De la misma manera, convendría analizar la diferencia entre soledad elegida y soledad no deseada, pues muchas personas podrían afirmar sentir que tienen una red de apoyo fuerte y en realidad no sentirse a gusto con ellas.
Finalmente, este estudio abre posibles líneas de investigación futura, como explorar el papel del enamoramiento en amistades intensas, el impacto de nuevos modelos familiares en la configuración de vínculos, o los modos en que distintas generaciones gestionan la relación entre pareja y amistad o si el erotismo pudiera ser un factor diferenciador e incluso como incide directamente el tiempo que se puede emplear al cuidado de estas amistades con tener amistades éticas. Son una gran diversidad de hipótesis, pero como afirma Andrea Momoitio la amistad está comenzando a tener considerablemente más el interés entre las feministas “La producción teórica que hemos hecho sobre la amistad sigue siendo insuficiente, pero tenemos ya algunos hilos de los que tirar” (Momoitio 2022).
Bibliografía
- Belli, Laura F y Danila Suárez Tomé. 2023. Filosofía de la amistad: experiencia, sentido y valor de nuestro vínculo más libre. España: taurus.
- Gracey, Lucía. 2024. Amor en red y otras formas de amar. Amor al caos. 30 agosto 2024. En línea: https://www.amoralcaos.com/ensayos/amor-en-red-y-otras-formas-de-amar
- Herrera Gómez, Coral. 2019. Los hombres que ya no hacen sufrir por amor: transformando las masculinidades. España: Catarata.
- Momoitio, Andrea. 2022. La suerte [y el privilegio] de las amigas del alma. Pikara Magazine. 19 de septiembre de 2022. En línea: La suerte [y el privilegio] de las amigas del alma
- Rodríguez del Real, Myriam y Javier Correa Román. 2025. “Poliamor de derechas, poliamor de izquierdas”. El Salto, 20 de abril de 2025. En línea en Poliamor de derechas, poliamor de izquierdas
- Valdés, Alicia. 2024. Amistad radical. En Cendal, Sandra. (Ed.) (H) amor9 amigas (pp.87-110). España: Continta Me Tienes.
- Vasallo, Brigitte. 2018. Pensamiento Monogamia terror poliamoroso. España: La oveja roja.
- Vasallo Brigitte. 2015. Ruptura de monogamia ¿Reforma o revolución? En Cendal Sandra (Ed.), (h) amor1 (pp. 9 -16). España: Continta Me Tienes.
