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Del “complacer” al “con placer”: Danza, placer y educación sexual para el dolor de mujeres con fibromialgia.

Nombrar el placer es un acto político; vivirlo, un acto de resistencia


Hablar de sexualidad sigue siendo un tabú social. En el caso de las mujeres, este silencio se ha visto históricamente reforzado por estructuras patriarcales que han reducido la sexualidad a la reproducción o el amor romántico, invisibilizando el placer propio y relegándolo a la culpa y la vergüenza. La educación sexual suele estar orientada a la prevención de riesgos y embarazos, pero raramente aborda la sexualidad como una dimensión de bienestar integral, autonomía y derecho humano. Esta omisión no es casual: responde a un entramado cultural y social que limita el acceso de las mujeres a sus cuerpos, sus deseos y sus voces (Darder, 2024; Herrera, 2020).

Para las mujeres con fibromialgia, esta realidad se intensifica. La enfermedad—invisibilizada, cuestionada y poco reconocida en los ámbitos médicos e institucionales— impacta directamente en la relación con el cuerpo, atravesado por el dolor. A ello se suma la violencia estructural y simbólica: muchas de estas mujeres, además de convivir con la enfermedad, sostienen en solitario los cuidados familiares, enfrentan precariedades laborales e institucionales y reciben discursos sociales que desvalorizan su sexualidad. Su vida cotidiana está atravesada también por la pertenencia a barrios obreros marcados por la precariedad, la falta de servicios básicos y el olvido institucional. Así, la fibromialgia no es solo un diagnóstico clínico: es también un espejo de desigualdades de género y clase que modelan la forma en que estas mujeres habitan su cuerpo, su deseo y su derecho al placer (Méndez de la Brena, 2021; Dos Santos, 2025).

En este escenario, crear espacios de educación sexual feminista constituye no solo una propuesta pedagógica, sino también un acto político y de resistencia. Rompe silencios, abre diálogos sobre cuerpo y deseo, y ofrece herramientas para reconocerse como sujetas de placer y bienestar, más allá de la enfermedad y de los mandatos patriarcales. La danza se convierte aquí en un recurso transformador: un lenguaje no verbal que permite reconectar con el cuerpo desde el movimiento y la sororidad, desafiando la mirada médica que reduce a estas mujeres a “pacientes”.

Este artículo se sitúa en la intersección entre placer, dolor, deseo y resistencia. Recoge la experiencia de un taller de educación sexual feminista con el uso de la danza como herramienta, desarrollado en una asociación de mujeres con fibromialgia del sur de Madrid. El objetivo general fue explorar cómo esta propuesta incidió en la percepción del placer, la autoestima y el bienestar de las participantes, entendiendo la sexualidad no como un aspecto secundario, sino como un eje central del bienestar integral.

Sexualidades, género y derechos: reapropiarse, para empoderarse.

La sexualidad ha sido históricamente relegada al ámbito de lo privado, envuelta en silencios, tabúes y mandatos que colocan a las mujeres en posiciones subordinadas. La tradición patriarcal la ha configurado en torno al deber, invisibilizando el deseo y el placer propios. Como advierte Foucault (cit. en Herrera, 2020), el poder se ejerce disciplinando los cuerpos a través de instituciones como la religión, la medicina o la justicia. El patriarcado ha convertido la sexualidad en herramienta de dominación, sostenida en el terror sexual, la culpa y la vigilancia constante. Se nos dicta qué hacer, cómo actuar y qué desear, limitando nuestra autonomía (Herrera, 2020).

Entender la sexualidad como derecho, placer y construcción de identidad implica cuestionar la naturalización de estas desigualdades y visibilizar cómo las relaciones de poder se inscriben en los cuerpos. Incorporar la perspectiva de género significa problematizar las diferencias de trato y vivencia, y visibilizar cómo género y sexualidad se entrelazan con otras categorías sociales, generando experiencias diferenciadas de discriminación o privilegio. Los géneros, aunque son construcciones sociales que condicionan nuestras experiencias, no determinan la esencia de la sexualidad. Nombrarlos y analizarlos resulta imprescindible, pues reflejan realidades concretas que estructuran expectativas sobre cómo deberíamos vivirnos. Esta conciencia abre paso a formas más libres y diversas de sentir y desear.

Los estereotipos —“puta o santa”, “mujer para una noche” o “mujer para toda la vida”— siguen dividiendo la sexualidad en aceptada y prohibida, alimentando violencias y deseos reprimidos. Frente a ello, este enfoque feminista propone un giro: pasar del complacer al con placer, recuperar el deseo propio y reconectar con el cuerpo como espacio de autonomía y la diversidad de formas de vivir la sexualidad. (Darder, 2024; Herrera, 2020). 

Como afirma Marcela Lagarde (2012), “diversidad y equidad son principios ético-políticos de una cultura justa” (p.18). Sin embargo, las mujeres seguimos excluidas del pleno ejercicio de los Derechos Humanos. Esta exclusión atraviesa nuestros cuerpos y nuestras vidas, y no se limita a las relaciones entre hombres y mujeres: la misoginia también puede habitar las relaciones entre nosotras cuando reproducimos mandatos patriarcales, descalificamos a otras o nos obligamos a ocupar posiciones subalternas (Lagarde, 2012). 

Empoderarse implica reapropiarse del cuerpo y de la voz, transformar la opresión en potencia política. Para las mujeres con fibromialgia, la creación de asociaciones y redes no es solo apoyo mutuo: es resistencia que desafía la misoginia médica y social, convirtiendo el dolor en fuerza colectiva. El empoderamiento feminista adquiere aquí una dimensión urgente: no se trata solo de reclamar derechos, sino de reconstruir dignidades que han sido negadas por el dolor y el descrédito (Lagarde, 2012).

Encuerpar el dolor, reinventar el amor: mujeres con fibromialgia en una asociación de Parla.

La medicina, históricamente, ha situado la sexualidad en el terreno de la reproducción y ha tomado los cuerpos masculinos como referencia universal. Las experiencias de las mujeres han quedado relegadas al margen, invisibilizadas y, en muchos casos, patologizadas. La fibromialgia es un claro ejemplo: una enfermedad caracterizada por el dolor crónico, la fatiga y la incomprensión institucional, que impacta directamente en la vida cotidiana y en la vivencia de la sexualidad. Sin embargo, rara vez se pregunta a estas mujeres cómo desean, cómo sienten placer o cómo viven la intimidad.

La invisibilización médica se entrelaza con la invisibilización social: la sexualidad de las mujeres, especialmente a partir de cierta edad o en contextos de enfermedad, no existe. Esto no solo reproduce violencia, sino que también limita el acceso a recursos que podrían favorecer su bienestar integral. Como recuerda Darder (2024), las emociones que no encuentran vías de expresión terminan somatizándose, manifestándose en enfermedades físicas y mentales. En el caso de las mujeres con fibromialgia, la represión del deseo y la negación del placer forman parte del mismo entramado de violencias.

La fibromialgia no se reduce al dolor físico: afecta a la autoestima, a la autonomía y a la forma en que las mujeres se relacionan con su propio cuerpo y con los demás. Comprenderla requiere atender no solo al género, sino también a la clase social y al territorio. En esta investigación, que las participantes sean vecinas de Parla —municipio del sur de Madrid marcado por precariedad y olvido institucional— no es un simple dato: es una condición estructural que limita el acceso a terapias, al autocuidado y a procesos de transformación personal. Clase, género y enfermedad se entrecruzan en sus cuerpos produciendo desigualdades específicas (Dos Santos, 2025).

Como señala Méndez de la Brena (2021), “hay que tener arte para vivir con dolor”. Las mujeres con fibromialgia encarnan una temporalidad disidente: pausas, descansos, silencios y ralentizaciones que desafían la lógica neoliberal de la productividad. Resistir a la enfermedad implica también resistir a un sistema que valora los cuerpos únicamente en función de su rendimiento. Esta temporalidad propia, aunque obligada por el dolor, se convierte en una forma de subversión frente a la dictadura de la eficiencia.

A pesar de la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, la división sexual del trabajo sigue intacta: ellas cargan con los cuidados y con el peso de la doble jornada (Herrera, 2020). El amor romántico aparece en este escenario como otro dispositivo de violencia: bajo esta sobrecarga, el mandato del amor funciona como una doble trampa que empuja a sostener relaciones desiguales por miedo a la soledad y, al mismo tiempo, oculta el impacto que los vínculos violentos tienen sobre la salud. No es casual que estudios como el de Chica (2017) vinculen violencia de género y fibromialgia: más de la mitad de las mujeres diagnosticadas reportan antecedentes de abuso físico o sexual. El dolor, en muchos casos, es también memoria corporal de la violencia.

El amor romántico, lejos de ser un sentimiento puro, es un dispositivo cultural, social y económico que disciplina cuerpos y deseos (Herrera, 2020). Nos educa para creer que fracasar en el amor es fracasar en la vida, y así alimenta la dependencia afectiva. Frente a este modelo, este grupo de mujeres encarnan otro tipo de amor: colectivo, solidario y político. Como afirma Lagarde (2012), “el deseo de amor es movilizador”. Aquí, ese deseo no se orienta hacia la pareja como refugio, sino hacia la creación de redes donde el cuidado no sea carga, sino motor de resistencia.

El amor entre mujeres, transformado en vínculo asociativo, se convierte en una fuerza capaz de desafiar la incomprensión médica, el abandono institucional y la violencia patriarcal. De la vulnerabilidad emerge potencia. Como recuerda Méndez de la Brena (2021), de las historias de dolor también nacen vínculos de cuidado colectivo que abren grietas en las estructuras de desigualdad.

Educación sexual feminista: una apuesta política

La educación sexual feminista no es únicamente un proceso pedagógico: es una herramienta política y emancipadora. No se conforma con prevenir riesgos, sino que coloca en el centro el placer, la autonomía y la diversidad. Supone cuestionar el amor romántico, desmontar la idea de la mujer como “cuidadora por naturaleza” y reivindicar el derecho al disfrute y al autocuidado. Como señala Coral Herrera (2020), la diversidad cultural evidencia que las normas sexuales no son universales, sino históricas y cambiantes: la sexualidad es, ante todo, una construcción cultural.

Mirar la historia y otras culturas permite entender cómo se han tejido discursos patriarcales y capitalistas que nos han desempoderado de los cuerpos. Son creencias que penalizan lo que se sale del canon: cuerpos no hegemónicos, sexualidades disidentes, vejeces, diversidades funcionales o vidas que no cumplen con la lógica productiva (Secretaría de las Mujeres de Coahuila, 2020). Como advierte Herrera (2020), el cuerpo y las emociones están regulados política y socialmente: tabúes y estigmas moldean la normatividad.

Las mujeres, socializadas para desconocer sus cuerpos y entregarlos al deseo masculino, carecen muchas veces de herramientas para identificar sus sensaciones eróticas. La falta de deseo responde a menudo a esa ignorancia aprendida (Fundación Sexpol, 2025). Cuando una mujer asume su derecho a gozar, amar y vivir plenamente, inicia un proceso de autoconciencia capaz de cuestionar las estructuras patriarcales (Herrera, 2020). No es casual que el redescubrimiento científico del clítoris —órgano cuya única función es el placer— tambalee la narrativa patriarcal que redujo el orgasmo femenino a un medidor de virilidad. Fingir orgasmos para sostener el ego masculino es un ejemplo claro del mandato de la complacencia.

Frente a ello, los espacios educativos críticos se vuelven territorios de resistencia donde se fortalecen la autoestima y la posibilidad de cuestionar discursos normativos. Allí, el cuerpo deja de ser solo un lugar de dolor y enfermedad para convertirse en espacio de goce, resistencia y reconstrucción.

La danza, incorporada en procesos educativos con mujeres con fibromialgia, actúa como lenguaje político del cuerpo: movimiento que libera, expresión que sana, sororidad que abraza. No es solo ejercicio físico, sino una forma de reconectar con la corporalidad, aliviar el dolor y fortalecer la percepción positiva de sí mismas. El cuerpo con fibromialgia no es únicamente un cuerpo enfermo: es un cuerpo que recuerda, ama, goza y se rebela frente a los intentos de disciplinarlo. Estos talleres de sexualidades abren caminos de libertad y agencia, reconociendo la interconexión entre placer, dolor y resistencia.

El cuerpo que baila: la danza como medio de reapropiación

El cuerpo, como recuerda Marcela Lagarde (2012), constituye un campo político atravesado por el poder. Comprender su fisiología e historicidad, así como la construcción de nuestras emociones, es ya un gesto de liberación.

La danza ha sido históricamente un lenguaje de expresión, sanación y resistencia. En contextos terapéuticos y comunitarios, el movimiento libre y consciente se ha mostrado capaz de disminuir el dolor percibido, mejorar la autoestima y la imagen corporal, desbloquear emociones y generar experiencias de disfrute y placer incluso en medio de la enfermedad (Bradt & Goodill, 2016). 

Para las mujeres con fibromialgia, danzar es un acto de reapropiación del cuerpo: un recordatorio de que sensualidad y goce no se extinguen con el dolor. La danza abre un espacio donde fuerza, coordinación y resistencia se entrelazan con cohesión comunitaria. Allí donde el discurso médico etiqueta cuerpos “disfuncionales”, la danza revela potencia creadora y afirma que incluso en la enfermedad es posible habitar un cuerpo gozoso y expresivo.

Frente al cuerpo medicalizado la danza en las mujeres con fibromialgia: rompe con la inercia de la enfermedad, abre grietas frente al mandato del dolor y permite explorar nuevas formas de relación consigo mismas, con las demás y con el placer desde el movimiento, la sensualidad, la ternura y la conexión. 

Entre el dolor y el deseo: narrativas de resistencia y reapropiación

Esta investigación nace de una herida y de un anhelo. La herida del dolor crónico y de las mochilas cargadas de violencias que arrastran tantas mujeres; y el anhelo de abrir espacios donde el cuerpo deje de ser un lugar colonizado por el sufrimiento y se convierta en territorio de placer, agencia y cuidado.

Desde un paradigma crítico y feminista, entendemos que el conocimiento no es neutral: está atravesado por relaciones de poder, por silencios impuestos y por resistencias que pugnan por abrirse camino. Esta investigación explora una experiencia educativa y se inscribe en una apuesta política: la de cuestionar los discursos hegemónicos sobre la sexualidad y devolverles a las mujeres la posibilidad de habitar sus cuerpos de otro modo.

El grupo estuvo formado por mujeres adultas de distintas edades. Mujeres que viven la enfermedad en carne propia, pero también las violencias estructurales de formas particulares. Algunas no pudieron asistir con regularidad: el dolor, la fatiga y las cargas de cuidado se interponían. Esa ausencia, sin embargo, se convirtió en hallazgo: muestra de cómo el patriarcado y la precariedad limitan el acceso al placer y al autocuidado. 

La intervención combinó dinámicas de educación sexual feminista con prácticas de danza. No se trató de enseñar técnicas, sino de habitar el cuerpo con ternura y creatividad. La metodología se construyó desde la escucha y la interseccionalidad, con cuestionarios, entrevistas, observación participante y, sobre todo, relatos en los que se entrelazaban dolor y deseo, enfermedad y placer.

Los resultados muestran grietas en los muros del patriarcado. Varias participantes narraron una reconexión con su cuerpo a través de la danza, un tránsito del “complacer” al “con placer”. Hablar de sexualidad se naturalizó, se derrumbaron mitos y se exploraron nuevas formas de disfrute. La autoestima, golpeada por la enfermedad y los discursos sociales, comenzó a reconstruirse.

El grupo fue clave: compartir experiencias permitió sentirse menos solas, tejer narrativas colectivas y descubrir la sexualidad como espacio de apoyo mutuo. No obstante, también emergieron tensiones: competitividades, dinámicas patriarcales aprendidas y conflictos que recordaron que incluso en los espacios de mujeres las estructuras de poder se cuelan.

Las limitaciones fueron claras: dificultad de sostener la asistencia, falta de recursos económicos y ausencia de apoyo institucional. Todo ello muestra cómo estas mujeres son sistemáticamente privadas de medios para vivir su salud y su sexualidad con dignidad.

Y, aun así, entre el dolor y el deseo, emergieron narrativas de resistencia: mujeres que descubrieron que podían bailar su dolor, transformar la vergüenza en placer y reconocerse no solo como enfermas, sino como sujetas de deseo, de amor y de vida.

Hacia una sexualidad habitada: cuerpos que conocen, sienten, danzan y se transforman.

Este estudio confirma que la sexualidad de las mujeres con fibromialgia no puede entenderse al margen de las estructuras de género, clase y salud que atraviesan sus vidas. Los testimonios muestran cómo la enfermedad entrelaza dolor e incertidumbre con mandatos que refuerzan la culpa, el rechazo corporal y la dificultad de priorizar el propio deseo. La fibromialgia convive con imposiciones sociales que colocan a los otros en el centro, sostienen el amor romántico como eje vital y relegan el placer propio.

Sin embargo, la intervención evidenció que es posible abrir grietas en esos discursos: espacios donde el cuerpo vuelve a ser territorio propio, donde el autoconocimiento y el disfrute florecen. La danza, incorporada como herramienta pedagógica, se reveló potente para resignificar el dolor y experimentar placer más allá de la genitalidad. La combinación de prácticas corporales y educación sexual feminista permitió cuestionar tabúes y alumbrar narrativas nuevas, en las que deseo, autocuidado y derecho al goce ocupan un lugar central.

Los cambios no fueron homogéneos ni lineales, pero incluso pequeñas transformaciones —bailar sin vergüenza, hablar de sexualidad con naturalidad, descubrir la masturbación, sentirse más bellas— tuvieron impacto profundo en la autoestima y el bienestar. La sexualidad apareció no como un añadido, sino como eje de la vida, la salud y la dignidad.

También quedó en evidencia la necesidad de respaldo institucional y social: la falta de recursos, el peso de los cuidados y el estigma que rodea a la fibromialgia y a la sexualidad limitan la sostenibilidad de los cambios. Aun así, la experiencia abre una vía esperanzadora: la educación sexual feminista, articulada con la danza, puede transformar la relación de las mujeres con sus cuerpos y deseos, especialmente cuando la enfermedad y la precariedad buscan invisibilizar su derecho a gozar.

Finalmente, junto al trabajo colectivo, a veces resulta imprescindible un abordaje individual de la sexualidad y el acompañamiento de otras disciplinas —psicológica, médica, institucional y social— que contribuyan a una transformación integral. La educación sexual feminista y la danza abren caminos de reapropiación, pero su alcance se potencia cuando se articulan con estos apoyos, reconociendo que cada cuerpo y cada experiencia requieren atención específica y multidimensional.

Bibliografía: referencias

  • Carbonell-Baeza, A., Aparicio, V. A., Chillón, P., Femia, P., Delgado-Fernández, M., & Ruiz, J. R. (2011). Physical fitness in women with fibromyalgia: Association with pain, physical function, fatigue and depression. European Journal of Physical and Rehabilitation Medicine, 47(2), 241–248.
  • Chica Chica, Á. (2017). Efectos moduladores sobre la salud de un programa normalizado de danza en pacientes con fibromialgia (Tesis doctoral). Universidad de Málaga, Málaga, España.
  • Darder, M., Salvadó, L., & Gallifa, E. (2024). Mujer, deseo y placer. Vergara.
  • Fundación Sexpol. (2025). Marco etiológico y casuística de las dificultades sexuales. Fundación Sexpol.
  • Herrera, C. (2020). La construcción sociocultural del amor romántico. Fundamentos.
  • Lagarde, M. (2012). El feminismo en mi vida: Hitos, claves y topías. México: Instituto de las Mujeres del Distrito Federal.
  • Méndez de la Brena, D. E. (2021). Corpomaterialidades del dolor. Análisis de experiencias de mujeres con fibromialgia (Tesis doctoral). Universidad de Granada. Recuperado el 16 de junio de https://digibug.ugr.es/handle/10481/71096
  • Secretaría de las Mujeres de Coahuila. (2020). La sexualidad (S_01_05) [Documento PDF]. Gobierno del Estado de Coahuila. Recuperado el 24 de agosto de 2025, de https://www.smujerescoahuila.gob.mx/wp-content/uploads/2020/05/S_01_05_La-Sexualidad.pdf
Aida Jurado
Trabajo de Fin de Máster

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