Bárbara López Mur
Máster en Sexología y Género

 

Muy posiblemente, nunca nos hayamos parado a pensar qué es lo que realmente dirige nuestras vidas, gustos, formas de relacionarnos, elecciones, o incluso, qué dirige nuestra sexualidad y nuestro cuerpo. Seguramente, si nos lo preguntamos, simplemente la respuesta que obtengamos será que nosotros mismos. Nosotros tomamos las decisiones que queremos sobre nuestras vidas, gustos, relaciones y por supuesto, nuestro cuerpo y sexualidad. Sin embargo, con esta afirmación estaríamos dejando aparte y obviando grandes variables que hacen de nuestra vida un producto, un producto fruto de la sociedad capitalista, tan experta en crear productos según modas y momentos. Y por supuesto, a nada que lleguemos a la conexión de nuestro cuerpo con un régimen económico, automáticamente, nuestro cuerpo queda relacionado con el poder.

El poder se entiende como una interacción entre dos o más actores donde uno de ellos ejerce presión sobre otro con el fin de dirigir sus conductas. En el caso de la sexualidad, el poder se haría presente en intentar dirigir el deseo o el erotismo de los individuos, tal como Foucault plantea, esta forma de poder, se ha podido establecer desde los propios gobiernos, tal como sucedía en la Antigua Grecia, como desde las religiones, cuyas doctrinas tendrían y siguen teniendo gran influencia en la moral sexual de cada sociedad.  Sin duda, controlar la sexualidad de la población es un gran método de control; sin embargo, caeríamos en un error si pensásemos que este control se ejerce de forma vanal o aleatoria, pues siempre tiene tras él unos motivos económicos, sociales o ideológicos.

Del mismo modo, desde el poder se es conscien­te que lo prohibido atrae, fascina, crea ilusiones que fascinan al individuo. Por este motivo, también los deseos de lo prohibido quedarían incentivados desde las instituciones de poder. Es decir, el poder crea deseos, mientras que como si de una espiral se tratase, en muchas ocasiones el deseo puede dirigirse hacia el deseo de poder. Tal como expone Foucault (1992), es a partir de la existencia de poder donde nace la sexualidad (aphrodisia).

Pues más allá de lo que podamos pensar, la sexualidad va más allá de la propia genitalidad, pues se engloba en ella moral sexual, prácticas, mandatos, comportamientos… relacionados ya no solo con la propia genitalidad sino con la mente y el resto de toda nuestra corporalidad. Por otro lado, mientras que Foucault (2000) data uno de los inicios de la acción política de la sexualidad en el principio “conócete a tí mismo”, se pue­de considerar que  “a partir del desarrollo de la filosofía helenística e imperial romana, como es el caso del estoicismo, comenzará a producirse una inversión paulatina que transformará el “conocimiento de sí mismo” en principio axial de las nuevas “tecnologías del yo” que comenzarán a ponerse en marcha en tanto formas de acción del individuo sobre sí mismo. Ello, para concebir el sujeto como lugar de entrecruzamiento de los actos necesitados de regulación, de un lado, y las normas a las que ha de atender esta última, de otro.” (Vidal, R., 2004).

Como ya hemos nombrado anteriormente, las religiones han tenido, sin duda alguna, gran parte de responsabilidad en la forma de concepción actual del cuerpo y la sexualidad. Por ello, no podemos olvidarnos del patriarcado o heteropatriarcado que han creado en la sociedad como consecuencia de sus mandatos y de favorecer siempre la posición imperante del hombre tanto en el ámbito y espacio público como en la esfera privada.

Realmente, es una estrategia muy efectiva instaurar una sociedad bajo los valores patriarcales, pues, automáticamente, queda excluida del acceso al poder más de la mitad de la población por el simple hecho de no pertenecer al género (adscrito) dominante. Asimismo, también es muy efectivo de cara al sistema económico capitalista instaurado, pues, bajo la premisa de la diferencia entre sexos condicionada por los deberes o derechos que un sexo tiene para el otro, se crea todo un inmenso mercado de gran diversidad de productos que se ofertan, para, efectivamente, cumplir con los deseos del otro sexo, ser atractivas para el otro y cumplir con las normas establecidas. Todo ello podemos observarlos desde el sector textil, cosmético, cinematográfico e incluso en sectores completamente distintos como el automovilismo o las bebidas.

Como observamos, efectivamente, el poder influye en cada parte de nuestro cuerpo, de nuestro ser, de nuestra vida. El poder tiene presencia en todo aquello presente en la sociedad por mucho que podamos pensar que las decisiones sobre nosotros las tomamos cada ser desde la libertad. Con esto, tal vez cabría plantearnos si la libertad existe.

 

Referencias
FOUCAULT, Michel. Historia de la sexualidad vol. I. La volun­tad de saber. Madrid: siglo XXI, 1976.
FOUCAULT, Michel. Historia de la sexualidad Vol. II-El uso de los placeres. Bs. As.: Siglo XXI Editores, 1984.
FOUCAULT, Michel, et al. Tecnologías del yo y otros textos afines. Paidós, 1990.
VIDAL, Rafael. El Poder en el Cuerpo. Subjetivación, Sexualidad y Mercado en la «Sociedad del Espectáculo». Números, 2004.
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